lunes, 10 de diciembre de 2007

Cuento


Llegaban los ramos de flores, en su mayoría blancos y resplandecientes; Todo estaba adornado, cada lugar era elegantemente disfrazado por una flor, con sus pétalos tiernamente bronceándose por la brisa que paseaba desprevenida.
El reflejo del sol en las ventanas alumbraban todo el lugar, como rayos de luces artificiales en una disco. Y la gente empezó a llegar, los caballeros de trajes y muy elegantes, con zapatos que brillaban y que ahí también los rayos de luces jugaban reflejandose. Las damas con sus peinados en alto y sus tacones de charol elegantes y muy distinguidos.
Uno que otro niño vestido para la ocasión, todo, absolutamente todos con ramos de flores en las manos.
Y las campanas comenzaron a tocar su indescriptible melodía, haciéndose escuchar en toda la cuidad con sus repiques soberbios y un tanto irónico.
La iglesia está llena y entra una mujer con ojos llorosos, que emociona a los presentes cortándoles la respiración por un instante; Con su paso lento y entre cortado se dirige al altar porque ahí esta él, al frente de ella, esperándola, con traje negro reluciente y con toda la paz en su rostro.
La mujer nerviosa frena su caminar, saluda a uno que otro invitado, un abrazo muy fuerte y las lágrimas empiezan a recorrer su rostro.
A solo unos pasos del altar, la mujer empezó a recordar que hace muchos años esa misma gente se reunió en ese mismo lugar para celebrar, para disfrutar de la gracia del amor y hoy era diferente.
Finalmente la mujer sube el escalón del altar, ahora si está junto a el, reposa su ramo en su pecho, con lágrimas avazallantes y con desesperación se acerca a su amado y le da un beso y recordó la frase del cura en su boda "hasta que la muerte los separe" y ahí está ella despidiendo a su gran amor...

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